José Manuel Frías

Rarezas. 1. Cuando leo, no suelo doblar el libro más allá de los 90º, y jamás supero los 120º. Hasta ahí podíamos llegar.   


Rarezas. 2. Hablo solo en voz alta. Desde niño. Continuamente. Incluso en plena calle. Es mi particular manera de desfragmentar.   


Rarezas. 3. Después de recorrer medio mundo y probar las gastronomías más variadas, mi plato favorito sigue siendo: patatas fritas con huevo.   


Rarezas. 4. Todos los días enciendo una vela en mi capilla privada, liderada por Fray Leopoldo. No lo hago para pedir, sino para agradecer.   

Rarezas. 5. En vuelos nacionales escojo ventanilla. En los internacionales, pasillo, porque no paro quieto. Las azafatas me regañan siempre.   

Rarezas. 6. En los aviones, suelo beber a menudo zumo de tomate con sal y pimienta. En tierra firme no me gusta esa bebida. Es un misterio.   

Rarezas. 7. En cada hotel que piso, suelo fotografiar las vistas de la ventana, el interior de la habitación y la puerta con su número.   

Rarezas. 8. Cuando viajo a otros países, me mezclo con la gente, aprendo, me asombro. Nada de estar debajo de una palmera o en la piscina.   

Rarezas. 9. Camino durante la noche, a oscuras, por la casa. Una y otra vez. Para inspirarme, escuchar música, hablar solo. Hago kilómetros.   

Rarezas. 10. Prefiero la fotografía al vídeo. Con diferencia. Las imágenes estáticas avivan la imaginación. El vídeo es comida masticada.   

Rarezas. 11. Aproximadamente cada año y medio o dos años, leo los veinte libros de Lobsang Rampa. Empecé con 9 años. Tengo 35. Ponte a sumar.   

Rarezas. 12. Siempre le quito la clara al huevo frito. Desde niño. A no ser que esté sembrada de ajo frito para maquillar su textura y sabor.   

Rarezas. 13. Siempre regreso de los hoteles con decenas de sobres de champú y otros elementos, que tiro a la basura nada más llegar. (¿?)   

Rarezas. 14. A los trece dediqué horas y horas hasta atrapar una mosca con palillos. "Karate Kid" hizo mucho daño a las artes marciales.   

Rarezas. 15. Nunca he usado reloj en el brazo. Me agobia la presión. En todo caso, el verdadero tiempo no se amarra a la muñeca.   

Rarezas. 16. Cuando escribo en mi despacho, consumo cantidades ingentes de incienso. Me ayuda a inspirarme. Mi casa termina oliendo a templo.   

Rarezas. 17. Cuando llego a un pueblo, sea cual sea, siempre visito, por norma, la iglesia y el cementerio. Es una vieja costumbre.   

Rarezas. 18. Cuando voy por la calle, no camino, galopo. Sin darme cuenta. Aunque esté cansado. Quien me acompaña se queda sin aliento.   

Rarezas. 19. No soporto la playa: el tacto de la arena, el frío del agua, el calor bajo la sombrilla, el abarrote de personas. Nunca voy.   

Rarezas. 20. Nunca me gustó el sabor del café. Me da asco. Como mucho, algún cappuccino o café con caramelo, y con azúcar hasta las cejas.   

Rarezas. 21. Duermo con tres almohadas: en la cabeza, entre los pies, y para agarrarme con las manos. Necesito una cama "king size".   

Rarezas. 22. Ando mucho. Soy muy intranquilo. No paro quiero. Incluso, a veces como andando. Hasta haciendo cola estoy dando vueltas. 

Rarezas. 23. Siempre que piso el interior de un colegio, me quedo largos minutos observando los murales de los niños que adornan las paredes.   

Rarezas. 24. En la radio del coche, pongo el volumen en números pares o múltiplos de 5. Y siempre lo apago en el 6. No me pregunten por qué.   

Rarezas. 25. Nunca aprendí a hacerle el nudo a las corbatas. Las veces que las he comprado, pedí al dependiente/a que me las diera anudadas.   

Rarezas. 26. Me gusta la carne muy hecha y el pan muy tostado. El bacon casi carbonizado.   

Rarezas. 27. Lo intenté por todas las vías, pero nunca aprendí a tocar el piano ni el violín. Una lástima. A veces soñaba con ser Paganini.   

Rarezas. 28. Nunca aprendí a atarme los cordones de la manera "ortodoxa". Lo hago a la mía: dos lacitos y un nudo. No doy para más.   

Rarezas. 29. Aún me siguen asustando los payasos de circo con la expresión pintada. Alguien con una sonrisa perenne no puede ser de fiar.   

Rarezas. 30. Tengo una letra tan enrevesada que, a veces, ni yo mismo la entiendo. Cuando firmo un libro, la gente me pregunta: ¿qué pone?   

Rarezas. 31. De haber sido pintor, habría muerto de hambre. De niño, dibujaba los muñequitos sin dedos. Desde entonces, no he mejorado mucho.   

Rarezas. 32. Siempre llevo el reloj (el del móvil, ya que no uso de muñeca), como mínimo, cinco minutos adelantado. A veces diez..   

Rarezas. 33. Corto el jamón "a lo Paganini", con la pieza apoyada en el pecho y rasgándolo hacia dentro, como el que toca un violín.   

Rarezas. 34. Al menos 3 o 4 veces al año, visito el "inmueble" de la Avenida Divina Pastora, 11, en Granada. Alguien muy especial me espera.   

Rarezas. 35. Contemplar sangre me provoca una pérdida brusca de conciencia y de tono postural. Traducido: síncope, desmayo o soponcio.   

Rarezas. 36. Estoy dejando organizada una fiesta para el día en que me muera. Odio los velatorios y los entierros con plañideras.   

Rarezas. 37. Cuando estoy en un hotel, suelo afianzar la puerta con una silla, principalmente durante la noche. Un par de contratiempos, el último en La  Habana, me han vuelto desconfiado. No es un trago dulce saber que tus  pertenencias son registradas dentro de la habitación cuando no estás, o que  siguen tus pasos para saber en qué andas metido.   

Rarezas. 38.  A los  catorce años estaba completamente convencido de que mi destino se encontraba en  el Tíbet. Las obras de Lobsang Rampa me marcaron tanto, que me imaginaba  viviendo como un lama en el "techo del mundo". Incluso llegué a costearme clases de chino durante un par de semanas, hasta que me enteré de que el chino y el  tibetano son idiomas diferentes. El  caso es que, indagando, descubrí que en el Tíbet hace un frío del carajo. Y lo  que es peor, los lamas sólo comen tsampa (pasta de harina tostada). Entonces decidí quedarme en España. No me veía diciendo adiós a la tortilla de patatas. Hasta ahí podíamos llegar.   

Rarezas. 39. Aunque mi número favorito es el 7, le sigue muy de cerca el 13. Lo de la triscaidecafobia que intenta implantarnos la sociedad idiotizada que nos rodea, lo superé hace tiempo. El número 13, en el  pasado, ha sido considerado sagrado por diferentes culturas y religiones. Lo del  miedo a este número es una zarandaja de tiempos recientes.   

Rarezas. 40. Mi animal favorito es el asno (o burro). Ya lo era mucho antes de conocer al simpático équido de la película Shrek. Desde siempre me ha gustado la nobleza, la lealtad y la fuerza de voluntad de estos seres, tan maltratados en épocas anteriores al ser usados como animales de tiro para alivio de sus dueños. No me van a creer, pero si trabajara en el campo y tuviera un asno para ello, tiraría de la carga tanto como él. Haríamos un buen tándem, sí señor. Siempre que me cruzo con un asno o burro (y han sido  varias las ocasiones en este año debido a mis rutas de senderismo), le hablo, lo acaricio, lo abrazo. Quisiera tener uno y salir a pasear en su compañía. Pero supongo que en un piso andaría algo apretado. Dice mi mujer que lo adoptemos cuando  tengamos una finca, que de momento tiene bastante con un burro en casa.

Rarezas. 41. No soporto el ambiente de las cafeterías por las mañanas. Por un lado es el intenso olor a café, que jamás me gustó; por otro, el continuo tintineo de platos y  vasos, las prisas de los camareros, las voces agitadas de los clientes, las conversaciones en un tono superior al que mandan los cánones de la educación. La gente se exalta a esas horas (exceptuando las cafeterías de los hoteles, que aún no se han malogrado, y donde suele primar el sosiego). Hay más tranquilidad en un bar a las 2 de la tarde, que a las 8 de la mañana. Prefiero dar los primeros bocados a un buen pan con aceite en casa, y afrontar esos minutos del día en calma, planeando, pensando, imaginando. El peor favor que podéis hacerme es invitarme a desayunar. 

Rarezas. 42. Me pasa desde niño: no puedo dormir con ropa de cintura para abajo. Recuerdo que ya de pequeño me sentía incómodo cada vez que me daba la vuelta en la cama y notaba el     pantalón arremolinado a mi alrededor. Y más en mi caso, que giro constantemente, como una peonza (casi todas las noches termino sacando las sábanas de su sitio). Da igual el frío que haga. Nada de pantalón. Me tapo bien, eso sí. Y siempre llevo ropa de cintura para arriba (no porque me guste, sino para evitar pillar uno de esos constipados que me duran desde octubre hasta mediados de mayo). Lástima que  no se puedan comprar los pijamas por piezas. Ahorraría mucho. 

Rarezas. 43. Lo que aprendemos cuando somos niños no se suele olvidar. Por contra, aquello que no  aprendemos, difícilmente lo asimilamos cuando nos convertimos en adultos. Algo así me ocurrió con relación a la escritura a máquina. Aprendí completamente solo a usar  el sistema Qwerty, pero utilizando únicamente los dedos índice. Así puse por  escrito, a la edad de seis o siete años, mis primeros textos. Y así escribí a  los ocho mi primera novela, "Los Sueños de Marciané" (pésima, por cierto). Tres décadas  después sigo empleando los mismos dedos, ahora con el ordenador (hace años que abandoné la vieja Olivetti), con una única novedad: a veces un dedo corazón me sorprende y sale a escena, tecleando la letra correcta. Pero, por norma general, sólo los índice. Tampoco me avergüenzo de ello. Gabriel García Márquez, autor de "Cien años de soledad" y  Premio Nobel de Literatura, usa exclusivamente los índice, sin ningún dedo  corazón entrometido. 

Rarezas. 44. Lo mío no  tiene perdón. Hasta finales de julio del año 2000 me encantaba viajar en avión. Por aquel entonces hice mis primeros saltos al otro lado del Atlántico como aeronauta primerizo, y disfrutaba con los traqueteos de los despegues y  aterrizajes, y viendo desde la altura a las ciudades como si fueran maquetas, los transeúntes apenas del tamaño de hormigas. Pero todo cambió el 25 de julio  de aquel año. Andaba yo en  aquel entonces por Lima, Perú, y la pantalla de televisión de la habitación 208 del hotel Las Palmas, en la calle Bellavista, nº 320, en pleno corazón del  distrito de Miraflores, junto a la calle de las pizzas y el Óvalo, me mostró un  singular accidente de avión: ni más ni menos que un imponente Concorde, de la  British Aircraft, dándose un trastazo en tierras francesas a pocos minutos de despegar. Una simple rotura de la llanta de una rueda desencadenó la tragedia, con el resultado de muerte de un centenar de pasajeros. Repito. Lo  mío no tiene perdón. Era tan iluso que, para mí, antes de aquel 25 de julio los aviones no se estrellaban. Pero aquello me impactó tanto, que casi me planteé  regresar a España en barco, y no volver a volar en mi vida. Pero las obligaciones profesionales me obligaron a subir a bordo de nuevos aviones, una y otra vez. Nunca ha sentido un miedo histérico. Apenas se me nota si nadie se  fija en mi palidez (más acentuada de lo normal) a la hora del embarque, o en mi costumbre de cerrar los ojos y engancharme con firmeza a los reposabrazos cuando hay turbulencias, como si eso fuera a servir de algo. Es en esos momentos, sobre  todo, cuando me acuerdo del Gran Arquitecto, de Jesús de Nazaret, de Fray Leopoldo de Alpandeire, y de media corte celestial, que reciben mi petición de un poquito más de vida para acabar con mis proyectos y quitarme algunas deudas antes de pasar al otro lado. Lo dicho. Desde julio de 2000 no me fío de flotar en un cacharro tan pesado. Por eso huyo de los bimotores como de la peste. Con cuatro motores el pulso se me acelera  menos. 

Rarezas. 45. Me mareo en los barcos, me mareo en las atracciones de feria que giran demasiado, me mareo si voy en la parte posterior de un coche, y hasta me mareo con los videojuegos demasiado realistas con las tres dimensiones. Lo mío es marearme, haya o no comido, haya o no tomado Biodramina. No cuenta, claro está, aquella vez que, a medias con Alberto Guzmán, devoré una tortilla de patatas en la sala de embarque del ferry  de Ceuta. Ni aquella otra en la que, a la limón con Juanfra Romero, degusté cantidades ingentes de chorizo, morcilla, salchichón y longaniza en Macharaviaya, Málaga, minutos antes de montar en un  vehículo y recorrer unos buenos kilómetros de curva tras curva. Eso no cuenta.  Me mareo de igual manera con el estómago vacío en las mencionadas  circunstancias. Hace diez  años no me pasaba. Cosas de la edad. 

Rarezas. 46.  Como  el mago que se arremanga antes de hacer el truco, yo necesito hacer lo  mismo antes de sumergirme en una de mis habituales labores literarias  (novela, relato, ensayo, reportaje). Es tal el agobio, a la hora de escribir (ya sea a mano o a ordenador), al sentir las muñecas cubiertas, que incluso cuando firmo algún ejemplar durante una conferencia, y ante el asombro de los amables lectores, tiro hacia atrás previamente de la  camisa o la chaqueta (o ambas, si se da el caso).  Supongo que, como el mago, es una manera inconsciente de mostrar al  mundo que, al menos en mi literatura (en el caso de la  novela y el  relato), no hay trucos ni subterfugios bajo la manga, ni siquiera los odiosos esquemas (el último recurso de un escritor, como diría Stephen King), y que, en mi caso, las palabras nacen en la inspiración que me proporcionan los sueños, las experiencias personales y esas ideas que acuden a mí, y que luego crecen solas sobre el papel en blanco, se agrandan o encojen a su antojo, y cuyos personajes toman caminos insospechados, emancipándose del autor, dejándome absolutamente perplejo.  Resumiendo: que no puedo escribir sin estar arremangado. 

Rarezas. 47. Soy especialista en pocas cosas, pero una de ellas es en perder los tickets de los aparcamientos. Pero no  me refiero a perderlos en el momento de sacarlos y salir a  pasear. Los pierdo cuando los he pagado, en ese corto trayecto, de apenas unos metros, entre la máquina y el coche. A veces llego a asustarme porque, conociendo mi torpeza, agarro fuertemente el ticket con una mano para recorrer esa corta distancia. Cuando llego al vehículo, ya no está. Miro en los bolsillos, y nada. Hago el camino a la inversa, y no lo encuentro en el suelo. Quizá algún día inicie una investigación al respecto para  alguno de mis libros, porque estoy empezando a creer en la existencia del "duende de los tickets".     

Rarezas. 48. En épocas veraniegas siempre me reconfirmo en el tiempo de inmersión que necesito para los distintos enclaves acuosos, y las cifras no son para presumir. El frío puede conmigo. Transcribo los datos de mi cuaderno de campo: piscina (hasta la cintura, 13 minutos; resto del cuerpo, 24 minutos), lago o embalse (hasta la cintura, 22 minutos; resto del cuerpo, 37 minutos), playa (hasta las rodillas, 7 minutos; resto del cuerpo, hace más de veinte años que no lo intento). Resumiendo, Juan el Bautista hubiera desesperado conmigo.