Peluso está en todas partes y con todos...
He aquí los seres maravillosos que forman parte de mi ka-tet animal.
POE
La tarde del 6 de octubre de 2013, mis hijos José María y Rosa María bajaron a jugar al parque del recinto en el que habitamos. Al cabo de un rato subieron para decir que se habían encontrado a un gato muy pequeño. Querían darle comida, así que se llevaron consigo un cuenco con leche y algo de pienso. Poco después, movido por la curiosidad, los busqué y tomé al animal en brazos. Estaba muy delgado y tenía el rabo partido, de manera que formama una especie de Z. Lo dejé con ellos y subí. No mucho más tarde subieron ambos con el gato, asegurando que había unos niños que estaban tirándolo por encima de una rampa y arrojándole agua con una botella. Una niña de la zona les comentó que habían sido ellos los que le habían partido el rabo, cogiéndolo de él para girarlo y lanzarlo a lo lejos.
No pudimos evitar protegerlo en casa hasta que le encontráramos un hogar, ya que en el recinto su vida corría peligro. Al lavarlo empezó a soltar cantidades ingentes de pulgas. Conté más de cien, un número enorme para un cuerpo tan pequeñito. Lo desparasitamos y expulsó al menos otras cincuenta. Eso explicaba su extrema delgadez. y que se le notaran tanto las costillas.
Encontramos a una persona interesada en él, pero nos dijo que nos daría una respuesta en un par de días. Le insistimos en que no podía superar ese plazo, ya que de lo contrario nos encariñaríamos con el animal. Nos respondió a los tres días con una respuesta afirmativa, pero Poe, nombre que yo mismo le puse (por fin me permitieron semejante privilegio), ya era como de la familia, aunque fueran muchos los animales que pululaban entonces por la jungla de nuestra casa.
Lo de que los niños lo acosaran en el parque se notó desde el principio. Era un gato temeroso, que pasó las primeras semanas escondido en los bajos de un mueble, sin querer salir, y que salía corriendo si intentábamos acercarnos a él (fue un milagro que el día de la "adopción" se dejara coger). A eso no ayudó Peluso, que pilló un enfado de órdago con su presencia, bufándole y atacándole cuando lo veía (en cambio, Cleo fue más permisiva en ese sentido). Pero las aguas se fueron calmando y hoy ambos son buenos amigos y siempre están jugando juntos.
Todavía Poe es temeroso y no gusta de que lo cojan. Si te acercas estando él en movimiento, huye. Si está tumbado, simplemente agacha la cabeza y se queda tenso. Eso sí, en las últimas semanas ha realizado importantes avances, y viene a saludarnos a la cama, quizá imitando a Peluso, su admirado maestro. Busca unas cuantas caricias, pero luego se marcha y continúa con su caracter esquivo y desconfiado. Con paciencia, intentaremos que esa tendencia cambie.
Su grito de guerra es parecido al de un pajarillo: "píuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu".
PELUSO
Fue un milagro. Esa tarde del 1 de agosto de 2012 tenía intención de pasear por el centro de Málaga con mi mujer y mi hijo pequeño. José María, en el último momento, dijo que prefería ir a dar una vuelta por la playa y el paseo marítimo. En aquel tira y afloja, como siempre, ganó él. Sobre las siete de la tarde nos pusimos en camino, y disfrutamos de un anochecer en la arena, casi desierta a esa hora.
De regreso pasamos a la hora, calle y acera exactas. Un llanto de gato nos llamó la atención y nos acercamos a un automóvil aparcado en la zona. Mi mujer se agachó y descubrió que bajo el coche había una cría de gato completamente sola. Entonces me incliné y llamé con un siseo. Un diminuto animal se asomó, se sentó y se me quedó mirando fijamente. Estiré la mano, seguro de que se escondería por miedo, pero no se movió ni un centímetro. Lo puse sobre la palma y los tres lo observamos. Supongo que, aun sin haberlo visto nunca, lo reconocimos (?).
El nuevo inquilino de nuestra casa fue a parar a la gran bolsa que portábamos, acurrucándose sobre una toalla de playa. Ya en casa, lo lavamos. No expulsó ni una sola pulga, pero de su cuerpo manó bastante suciedad. Y pelusas. Ya teníamos, por lo tanto, el nombre: Pelusita, dado que al mirar al animal, no descubrimos síntomas de que fuera macho. Craso error. Pelusita, algunos meses después, mudó de nombre. Ciertas protuberancias provocó que lo llamáramos, desde entonces, Peluso.
Peluso es el gato sin miedo. Desde que llegó a casa empezó a dormir en el sofá de Audrey, acurrucado con ella. No le dan miedo los perros. Ni las personas, a las que se acerca cariñoso aunque le resulten desconocidas. No le dan miedo las alturas, encaramándose todos los días a ventanas y balcones para saludar al sol. No le da miedo nada.
De todos los animales, es el único que salta a la cama por las mañanas para saludarme. Y yo se lo agradezco jugando con él y mordiéndole, cosa que me perdona sin reparos.
Su grito de guerra parece el de una ratita, una especie de agudo "íiiii, íiii, íiiii".
AUDREY
Audrey procede de tierras sevillanas. Estábamos mi mujer, mi hijo José María y yo paseando por la zona histórica del municipio de Estepa, el 17 de diciembre de 2011, cuando nos topamos con aquel galgo pedigüeño que se acercaba a pedir comida a los pocos visitantes del enclave. Siempre me gustaron los galgos, por lo que me quedé prendado de él (de ella, en este caso), intentando averiguar si tenía dueño o estaba abandonada. Definitivamente, descubrimos que era una perra vagabunda. Nos dispusimos a realizar el recorrido histórico por la torre, las iglesias y los museos, con aquella perra de largas patas siguiéndonos el rastro, mientras nos planteábamos si quedárnosla o no (vivir en un piso complica este tipo de decisiones). Entramos en la torre y el animal se quedó afuera. Mi mujer pactó con la Providencia: "si cuando salgamos la encontramos de nuevo, nos la llevamos". El recorrido duró casi dos horas. Al salir era de noche y no había rastro del galgo. Por más que buscamos, no logramos dar con ella. Algo compungidos nos montamos en el coche, dispuestos a seguir la carretera de acceso a la autovía. De pronto, un bulto se puso en mitad del carril, cortándonos el paso. Era ella. El galgo. Audrey (nombre que le puso mi mujer después de desdeñar el "Estepa" que yo propuse). La montamos en los asientos de atrás, hicimos alto en un supermercado a punto de cerrar para comprar pienso, y nos marchamos a casa. Así entró Audrey en nuestras vidas en plenas fechas navideñas, un galgo que tendría un año de edad y con marcas en el cuello, como si alguien la hubiera intentado ahorcar y hubiera logrado escapar.
Llegó a casa asustada y recelosa. Finalmente se subió al sofá del despacho y allí sentó plaza. Desde entonces es su cama particular.
A pesar de sus defectos (entre ellos el de robar comida, ya sea de mesas, encimeras, basuras o papeleras, por más que se le regañe), es un perro de una gran nobleza, incapaz de hacer daño, amistoso hasta con los gatos y asustadizo incluso de los perros más pequeños.
Con ella juego haciéndome pasar por un perro más, mordiéndole, saltándole encima, oliéndole el hocico (cosa que no le gusta nada). En definitiva, poniéndola al límite, hasta que se enfada de verdad y se lanza a morderme enseñando los dientes con furia. Pero... !oh, sorpresa!, su mandíbula nunca aprieta, como si tuviera miedo de hacer daño.
Su grito de guerra, principalmente cuando se agobia ante mis maldades, suena a "an..gúffff".
CLEO
Cleo, la siamesa, es el único animal de mi ka-tet que compramos. Llegó a nuestro hogar sobre el mes de julio de 2006, tal y como se ve en la primera fotografía, una especie de pequeño "copito de nieve" gatuno. Los años, progresivamente, fueron oscureciéndole el rostro y las patas.
Cuando pequeña era igual de vivaracha que casi todos los gatos. Solíamos jugar mucho juntos. Ella se enganchaba en uno de mis brazos, arañando levemente, pero mordiendo fuerte, mientras yo la zarandeaba. Nos encantaba a ambos, a pesar de que ella terminaba con sangre en las encías, y yo con las manos como si las hubiera metido entre zarzas. También se escondía debajo de las camas, para salir de golpe y atrapar las piernas de José María, mi hijo pequeño.
Por desgracia, la llegada a casa de nuevos inquilinos del reino animal le fue agriando el carácter, y se volvió huidiza. Incluso hoy día, si la tocas, suele levantarse y cambiar de lugar, y nunca quiere saber nada de los nuevos habitantes de cuatro patas, a los que les bufa si se acercan demasiado.
Cleo es hoy la más viejecita de todos nuestros animales, y su cuerpo es menudo y delgado. Suele dormir con José María, quien de pequeño la llamaba "mi niña".
Su grito de guerra, sobre todo su época de celo, es algo así como "van...gaaaaum".

José Manuel Frías